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Cabeza de gallo de Alejandro Acuña
La potencia del lenguaje y el cuerpo
María de los Ángeles Sanz
Desde 1999, El Espión es una sala1 teatral dentro de un espacio mayor donde funciona una Escuela de Teatro, y que ofrece piezas dramatúrgicas que buscan un lenguaje de relación con el espectador a partir de la palabra, la gestualidad y un trabajo elaborado con el cuerpo. Dentro de estas características todos los sábados de noviembre en su nuevo horario de las 21hs, se ofrece la obra de Alejandro Acuña, Cabeza de Gallo; donde una textualidad horadada por lo no dicho, es atravesada por la gestualidad y la expresión formal de cuerpos trabajados para transmitir sensaciones múltiples que abarquen todos los matices de su tensión dramática. Un relato que recorta a dos seres en una situación sin temporalidad necesaria, pero con una pequeña prehistoria que ubica su relación de hermanos, y que va tejiendo la urdimbre de lo prohibido. El diferente, socialmente incorrecto en su debilidad y su deseo, atrapa hasta asfixiar a quien “sano” en lo que la normalidad de la palabra encierra, presa de sus propios sentimientos, intenta salir desde el convencimiento de un círculo que sólo romperá la tragedia. Pero la palabra no alcanza cuando lo irracional aflora como sueño y pesadilla, y el deseo de uno se enfrenta en una lucha desigual al deseo del otro. Con recursos legítimos las muy buenas actuaciones de Alejandro Acuña2, (Horacio), y María Eugenia Barca3 (Margara) introducen al espectador, como un voyeaur en el pequeño mundo de los dos; donde la comida, los juegos, los objetos, -las fotos, el bolso, el pan, la cabeza de gallo- siempre son la presencia física de algo que está por debajo de su significación primera. El uso del espacio, permite que los actores se muevan de la escena a la extraescena ampliando el espacio escénico, permitiendo la ilusión de un territorio que se expande en los límites del campo. Allí, dar de comer, cuidar, y ser objeto de deseo es todo uno y lo mismo para Marga que no acierta a salir de la mirada de súplica con que Hori desde su necesidad, la envuelve y la provoca. La tensión no da respiro, acentuada por la música y la iluminación, que con sus claro oscuros, marca las ausencias y llena de incertidumbre al testigo mudo desde la platea. Las actuaciones abordan lo escatológico no sólo desde la palabra sino en las acciones físicas; cuya funcionalidad es la construcción en contraste del personaje y crear el clímax que lleva al desenlace. Dos vidas a medio camino entre la locura y el arte; él músico, ella actriz, una relación que no cierra marcada por el silencio, la violencia y el incesto; y el amor a pesar de todo, ese sentimiento irracional de una intensidad compleja que no puede abarcar ninguna definición.
Ficha técnico artística: Dramaturgia: Alejandro Acuña. Actúan: Alejandro Acuña, Maria Eugenia Barca. Vestuario: Francisca Ramón. Iluminación: Laura Melchior. Utilero: María Maidana Corpus. Asistencia de dirección: Jorge Leonardo García. Supervisión dramatúrgica: Ariel Barchilón. Dirección: Rubén Pastoriza